Ir al contenido principal

Relato erótico: Diario de una escort, de aficionada a profesional

YA TODOS ME CONOCEÍS, SOY CARMINA. Hoy, subiendo la escalera de mi vida, voy a contarte con todo lujo de detalles cómo pasé de ser una prostituta aficionada a una profesional muy bien pagada. Mi nombre ahora es Valeria, aunque entonces aún me presentaba como Inés. Todo empezó cuando el dinero apretaba y decidí abrirme a los hombres que me escribían por correo. Después de aquel primer cliente, mi buzón se llenó de mensajes. Durante tres meses aprendí a leerlos, a anticipar sus deseos, a hacer que se sintieran únicos. Tenía citas regulares con varios, y con eso pagaba la hipoteca, llenaba la nevera y cubría los gastos de la casa. Me sentía poderosa, sí, pero también expuesta, porque mi economía dependía completamente de sus caprichos.

Un día, como si el destino hubiera decidido darme un empujón, llegó un correo que al principio creí una broma. El asunto era directo y prometedor: “Busco chica/mujer para trabajar como estríper y en espectáculo erótico en club de prestigio”. Mi curiosidad, esa que siempre me ha llevado a lugares peligrosos y deliciosos, me hizo responder. Una voz femenina, suave como terciopelo, me citó en “La cara oculta de la luna”, un club discreto y elegante que, por entonces, era el secreto mejor guardado de la ciudad.

Me presenté con un vestido negro ajustado y tacones altos que me hacían sentir más segura. El corazón me latía en la garganta. Me recibió Marcos, un hombre de unos treinta y cinco años, atractivo, con una mirada tranquila y penetrante. Mientras hablaba, sus ojos me recorrían despacio, como si ya me estuviera desnudando. Me explicó el trabajo con una naturalidad que me desarmó: bailar en la barra, quitarme la ropa con arte y lentitud, mostrarme completamente desnuda, abrir las piernas sin pudor para que los clientes vieran mi sexo depilado, mis labios húmedos, todo mi cuerpo expuesto al deseo colectivo. Me señaló las mesas más bajas, frente a la barra, y añadió que dos días por semana participaría en un espectáculo de sexo en vivo con un actor profesional. Dos días de descanso, 1.300 euros semanales, pagados cada viernes, y los días de regla contaban como trabajados. Diez chicas y cinco chicos en el equipo. Después del espectáculo, si una quería, podía subir a los reservados con clientes y cobrar extra. El club no se metía en eso; era un regalo para nosotras.

Me quedé sin aliento. Enseñar mi coño en público, follar delante de decenas de ojos hambrientos… La vergüenza me quemaba las mejillas, pero el dinero era irresistible. Más de cinco mil euros al mes, fijos, sin depender de clientes imprevisibles. Marcos sonrió y dijo: “Valeria, piénsalo con calma, consúltalo con la almohada. Si decides venir, mañana a las once hacemos una prueba. Y ahora, si quieres, desnúdate para verte… solo eso, sin miedo”.

Mis manos temblaban mientras me quitaba el vestido. Cuando quedé en ropa interior, Marcos me miró con aprobación y señaló mi pubis, aún cubierto por un triángulo de vello negro. “Eso hay que arreglarlo, cariño. Aquí tienes una dirección: pide un depilado brasileño láser. Diles que vas de mi parte y te dejarán como una niña, suave, rosada, perfecta para que todos la admiren”.

Salí con el pulso acelerado, directa a la clínica. Mientras la depiladora trabajaba con el láser, sentí cómo el calor se concentraba entre mis piernas. Mi mente proyectaba imágenes que me hacían mojarme: ojos masculinos devorando mi sexo recién desnudo, dedos rozando mis labios hinchados, una polla dura entrando en mí mientras el público jadeaba.

Esa noche, abrazada a la almohada, me convencí. “Por probar…”. La tentación del dinero era demasiado grande, y la idea de ser deseada por tantos me excitaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Al día siguiente volví. Marcos me recibió con una sonrisa cálida. “Qué bien que hayas venido, Valeria. Te presento a Silvia, que te enseñará el baile en la barra, y a Nain, con quien follarás si la prueba sale bien”. Me mostró los camerinos, los reservados con sofás amplios y luces tenues, y me dejó claro que lo que pasara allí era mío.

Silvia era puro pecado: alta, curvas generosas, piel morena y ojos verdes que prometían placeres prohibidos. Llevaba un albornoz que se abrió ligeramente al moverse, dejando ver un picardías negro que apenas cubría su sexo, sostén de encaje, medias de rejilla y unas braguitas con abertura que dejaban su coño perfectamente accesible. Me explicó la rutina con voz ronca: salir con esa ropa, mover las caderas con lentitud, quitarme el sostén mientras me acariciaba los pechos, pellizcarme los pezones hasta que se pusieran duros y rosados, girarme y ofrecer el culo. Luego, de cuclillas al borde de la plataforma, abrir las piernas y mostrar mi coño depilado, brillante de excitación. “Los clientes te llenarán de propinas, ya verás”, susurró, y su aliento me rozó la oreja.

Ensayamos hora y media. Me prestó lencería: picardías transparente, medias de seda, sostén que apenas contenía mis pechos y las braguitas abiertas. La música empezó, lenta y profunda. Silvia me guió con las manos: me colocó frente al espejo, me enseñó a mover las caderas en círculos lentos, a deslizar las manos por mis costados, a bajarme las medias con sensualidad, a dejar caer el sostén y acariciar mis pezones hasta que se endurecieron. Cuando llegó el momento de abrir las piernas, me hizo sentar en una silla, se arrodilló frente a mí y, con dos dedos, abrió sus propios labios rosados para mostrarme cómo hacerlo. Su clítoris brillaba, húmedo. “Mira cómo se abre, cómo invita”, dijo. Luego me tocó a mí: sus dedos rozaron mi clítoris y sentí una descarga eléctrica. “Perfecto, cariño. Tu coño está precioso así, tan desnudo, tan listo para ser admirado”. 

Me gustó. Silvia era puro sexo, y entre nosotras hubo una corriente que me hizo mojarme de verdad. Nuestros pechos se rozaron mientras bailábamos juntas, y sus labios casi rozaron los míos.

Marcos interrumpió: “¿Habéis terminado, chicas?”. “Sí, y muy bien”, respondió Silvia con una sonrisa pícara. “Entonces, Valeria, ven. Vamos con la prueba de sexo con Nain”.

Nain me esperaba en la plataforma: una cama amplia pero firme, rodeada de butacas en anfiteatro. “Les podrás sentir respirar”, me dijo guiñándome un ojo. Llevaba solo unos calzoncillos diminutos que no ocultaban su erección. Yo aún tenía el sudor del baile, la piel caliente y brillante.

La luz se volvió azul tenue, un foco potente iluminaba la plataforma. La música empezó, sensual y profunda. Nain me cogió del cabello con suavidad, me acercó y me besó con hambre. Su lengua exploró mi boca, saboreándome, mientras sus manos bajaban por mi espalda hasta apretarme el culo. Me guió hasta su polla: dura, larga, caliente, palpitante. La acaricié despacio, sintiendo cómo se endurecía más en mi mano. Bajé sus calzoncillos y la tomé en la boca. Me la metí hasta el fondo, chupando con ganas, lamiendo el glande, saboreando el sabor salado de su excitación. Él me agarró la cabeza y empujó con ritmo, follándome la boca mientras gemía. Yo gemía alrededor de su carne, sintiendo cómo mi coño se empapaba.

Me desnudó por completo, me puso de cuclillas al borde de la plataforma y abrió mis piernas. Mi coño, recién depilado, brillaba bajo la luz, los labios hinchados y húmedos. La plataforma empezó a girar lentamente para que todos los ángulos se vieran. Nain me levantó, me apoyó contra la barra, alzó mi pierna izquierda y, sin más preámbulos, me penetró. Su polla entró hasta el fondo con un solo empujón lento y profundo. Solté un gemido largo y tembloroso: “¡Ahhh, sí… métela toda, por favor!”. Me folló así unos minutos, fuerte, profundo, haciendo que mis tetas rebotaran con cada embestida. Mi clítoris rozaba contra su pelvis y cada movimiento me llevaba más cerca del borde.

Luego nos tumbamos en el centro. Aparecieron cojines: uno bajo mi cabeza, otro bajo mi culo para elevarlo y que la penetración se viera perfecta. Nain me abrió las piernas al máximo y volvió a entrar. “¡Fóllame, Toni! ¡Más fuerte! ¡Quiero sentirte hasta el fondo!”. Empezó a bombear con ritmo, su polla rozando mi punto G una y otra vez. Yo me retorcía, gemía sin control. “¡Sí, así! ¡Me vas a hacer correrme… no pares, por favor!”. El orgasmo me llegó como una ola imparable: mi coño se contrajo alrededor de su polla, me temblaron las piernas y grité: “¡Me corro… me corrooo! ¡Sigue, no pares!”. Él no paró, siguió follándome hasta que sentí su polla palpitar y se corrió dentro de mí, llenándome con chorros calientes y espesos. “¡Toma todo mi semen, cariño… llénalo todo! ¡Siente cómo te lleno!”.

La plataforma giró de nuevo. Me levantó de cuclillas, expuse mi coño rebosante de semen y flujo, los labios abiertos y brillantes, y saludamos teatralmente al anfiteatro vacío.

Marcos aplaudió. “Valeria, mañana empiezas sin falta. Y recuerda: la plataforma es dura a propósito. Si fuera blanda, los movimientos dificultarían que los clientes vean bien la penetración. Así disfrutas más y ellos también”.

Me duché, me vestí y me fui a casa con una sonrisa. Antes de salir, Marcos me recordó: “Toma la píldora todos los días. Si no, la del día después. Cada mes, revisión médica aquí en el club”.

Así empecé. Durante ocho meses trabajé en “La cara oculta de la luna”. Cada noche en la barra sentía los ojos de los clientes devorándome: sus respiraciones aceleradas cuando me quitaba el sostén, sus gemidos cuando abría las piernas y enseñaba mi coño depilado, húmedo y listo. Las propinas llovían, y los días de espectáculo con Nain o con otros chicos eran puro fuego: pollas duras entrando y saliendo, orgasmos que me hacían gritar, semen caliente llenándome por dentro hasta desbordarse. Y después, cuando quería, subía a los reservados y cobraba extra por follar con clientes que me deseaban con desesperación.

Mañana si te apetece te contaré mi primer striptease con publico, mis impresiones mis miedos y mis gozos. Perdona la extensión de mi vivencia, pero he disfrutado recordando.

Ayer fue un buen día, primero la Rosa, follamos más y mejor que Nain por muy profesional que sea, y en el trabajo cinco clientes gozaron de mi. La Rosa folló con cuatro, pero un habitual de dos horas.

Esta noche abrazadas hemos cargado las pilas para otro día de trabajo... hoy.

María, pasa un buen día tu también, y recuerda un momentito privado e intimo... te hará sentirte viva.

por: © Mary Love

Mary Love (@tequierodori) / X

Comentarios

Entradas populares de este blog

Esperanza mujer de setenta y cinco años se siente aun viva

  "Yon era un hombre de 40 años, soltero, vivía en una habitación alquilada en casa de Esperanza, una señora de 75 años, viuda, hacia ya 10 años. Un tarde vio que la habitación de esperanza estaba abierta y ella se estaba acariciando su cuerpo, parado en la puerta contemplando esa escena entro en la habitación y...." Yon, vivía en casa de esperanza, una viuda de 75 años. le había alquilado una habitación hasta que le entregaran su apartamento. Una tarde Yon vio la puerta del dormitorio de Esperanza entre abierta y lo que veía le sorprendió, Esperanza estaba tocando desnuda en la cama y se masturbaba. Después de estar observando un rato entró en la habitación de Esperanza, sintió una mezcla de curiosidad y morbo. Esperanza, a sus 75 años, no solo era una mujer con una rica historia de vida, sino que también poseía una chispa de vitalidad que desafiaba su edad. Yon se tumbó en la cama al lado de ella y poniendo su brazo alrededor de su cabeza comenzó a lamerle sus tetas, comerl...

Marisa, una chica curvi y sus fantasías cumplidas

"Marisa, una chica curvi, con el pelo largo castaño y unos senos voluminosos, cuenta sus fantasías que cumple a medida que se le presenta la ocasión, es una chica muy ardiente y fácil de llegar al orgasmo." Marisa es una chica de espíritu libre y personalidad vibrante. Su cabello de color castaño y largo cae en suaves ondas sobre sus hombros, lo que resalta su figura curvilínea. A menudo se siente segura de sí misma y disfruta de la atención que recibe. Tiene una sonrisa contagiosa que ilumina cualquier habitación y una risa que hace que todos a su alrededor se sientan cómodos. En cuanto a sus pensamientos, Marisa es bastante abierta sobre sus deseos y fantasías. Le encanta explorar su sensualidad y no teme compartir lo que le excita. Sueña con encuentros apasionados, donde la conexión emocional es tan intensa como la atracción física. A menudo imagina situaciones en las que puede dejarse llevar, como una escapada romántica a la playa bajo la luna o una noche de baile en un c...

Clara y Teresa van al Club Swinger el paraiso

"Nos trasladamos ahora al fin de semana. Las dos mujeres quedan con los dos hombres del cumpleaños en el club Swinger el paraíso Se sentían vivas a pesar de sus 75 y 78 años. Tenían el morbo de que otros dos hombres jóvenes con esposas jóvenes las llevarán al orgasmo en presencia de sus mujeres" Las luces del club Swinger "El Paraíso" brillaban con un resplandor suave y seductor, creando un ambiente cargado de expectativa y deseo. Clara y Teresa, a pesar de sus 75 y 78 años, se sentían más vivas que nunca. La emoción de la noche las envolvía, y la idea de experimentar algo nuevo las llenaba de adrenalina. Al entrar en el club, sus miradas se encontraron con una multitud de parejas disfrutando de la libertad y la sensualidad que ofrecía el lugar. Las risas, susurros y los sonidos de la música envolvían el ambiente, creando una atmósfera electrizante. Clara se sentía rejuvenecida; el morbo de estar rodeada de cuerpos jóvenes y deseosos despertaba algo en su interior q...